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Arquitectura como Mercancía PDF Imprimir E-Mail
Edificio en Nueva York / Lazaro Diaz "La arquitectura finge producir el mundo que la consume".
Luis Fernández-Galiano  

Vivimos bajo el signo de una arquitectura resignada. Una arquitectura que alcanza alturas mensurables jamás imaginadas y valores que reptan por el lustroso piso del conformismo. Ante la imposibilidad de cambiar el mundo (promesa incumplida del movimiento moderno), la arquitectura actual desdeña cualquier atisbo de alteración al orden establecido, y sólo se ciñe a representar el mundo como metáfora de lo dado. En el mejor de los casos se contenta con ironizar la realidad (presentada como objetiva) buscando formas inéditas, pero aceptando siempre, sumisamente, las remesas que dictan quienes comandan este mundo estrafalario.

La nueva racionalidad global determina que se acabaron las utopías. Muestra al mercado como antorcha que señala el camino de los hombres. Los intentos utópicos de los años 60 y 70, eclipsados en los 80, quedaron muertos y sepultados (under six feet) en la última década. Los relatos reformistas se alejaron de esta arquitectura tanto como Michel Camdesus de su pasado socialista. La arquitectura actual, sin cuestionamientos, se pone a disposición de los planteos extraarquitectónicos. La tan proclamada autonomía de la arquitectura, se desvanece en el aire ante la primera baja de la cotización de la bolsa de valores. La autonomía de la disciplina sólo se manifiesta en la libertad para usar las formas, los estilemas, la semántica, pero no para revisar contenidos. La arquitectura actual se siente muy cómoda musicalizando las letras de las políticas neoliberales, armando conciertos que pueden sonar en algunos casos bailanteramente posmodernos y en otros desconstructivamente dodecafónicos. Bajo este concepto, la forma actúa como contenido y la estética del edificio es un medio de comunicación que promueve al mensajero como mensaje.

 

            Así es como esta arquitectura se viste con el traje del conservador al que le gusta bromear. Y bromea, con la seguridad de quien se siente respaldado en su transgresión. Y desvaría con juegos morfológicos, proponiendo texturas, manejando fachadas, moviendo pieles, exteriorizando libertad; libertad formal, libertad individual, libertad con firma de autor, libertad sujeta a la libertad de mercado.

Esta arquitectura no se hace cargo de valores éticos y morales, actúa sin culpa. Frente a la pregunta: ¿quién es el destinatario de la obra arquitectónica? La respuesta es una y contundente: el destinatario es quien la paga. La actual arquitectura está al servicio del cliente, del mejor postor, no de la sociedad; es una arquitectura que ya no tiene actores sociales como parte de sus componentes, sino meros consumidores.

Adolf Loos, quien despotricó rabiosamente contra la ornamentación a principios del siglo XX, situó esta herramienta de diseño en la órbita del delito y llamó engaño al lenguaje superpuesto sobre el cuerpo de la obra arquitectónica. Hoy vemos que en realidad no se trataba de mentiras sino de un discurso ideológico con fines predeterminados, y que un siglo después de esta crítica, mucho cambiaron las formas, el modo de proyectar y los materiales, pero poco el objetivo buscado: que la obra de arquitectura sea funcional al mensaje preciso que se desee trasmitir.

Bajo esta armadura ideológica, la arquitectura sólo aspira a presentarse como obra de arte y no encuentra contradicciones entre ser objeto artístico de consumo (masivo) y satisfacer al cliente, pues el primer punto responde al programa de necesidades que debe cumplir.

    La arquitectura acatará las decisiones del comitente-cliente (que puede o no ser su usuario, eso está en un segundo plano), se someterá a sus inquietudes y se propondrá complacer las erogaciones de los inversores. La obra de arte-arquitectura tomará la forma según el cliente y el presupuesto que se le asigne. No importa de dónde y cómo vienen los fondos del cliente y a qué intereses responde, si explota niños en el tercer mundo o lava dinero en el primero. La arquitectura nada tiene que decir al respecto.

    Bajo los lineamientos de un riguroso brief, la arquitectura, sin apremios éticos, se remitirá a desplegar su constelación de formas y sabores, y ante la atenta mirada de los CEOs y los managements en marketing, generará su discurso y sus justificaciones, hablará de transgresiones, explicará sus caprichos formales, mostrará las renovaciones y rupturas con los modelos tradicionales, y defenderá la autonomía de la arquitectura como obra de arte. Pero en realidad, en el subtexto de sus argumentos, la arquitectura muestra la hilacha de su derrota, pues, como en un auto de conducción dual, en un volante se encuentra el diseño del arquitecto y en el otro las operaciones de marketing. La libertad formal es completa pero el contenido viene dado.

    Así ,esta arquitectura actúa como mercancía y acompaña a este proceso del capitalismo mundial, rindiéndose a las frivolidades de los sistemas financieros que lo dominan, al "despilfarro de recursos, al prestigio de los asuntos banales. al goce hedonista, indiferente a las miserias propias o circundantes" (Francisco Liernur). Divierte y distrae mientras el mundo se cae a pedazos.

Hoy podemos ver cómo, para muchas corporaciones multinacionales, transitar por "un Pelli", "un Eisenman" o "un Ghery" es tan prestigioso como alojar dentro del mismo edificio por ellos diseñados "un Picasso" o "un Van Gogh". El arte se banaliza y la arquitectura actúa como frívola imagen impresa en los folletos institucionales. Pese a que Kant sostenía que la belleza es finalidad sin fin, la belleza (en la arquitectura) sigue estando "entretejida" en el sistema de finalidades sociales. (Albert Wellmer)

El usuario, hoy consumidor, (cliente del cliente de la arquitectura) es un elemento un tanto molesto al que paradójicamente hay que atraer. La arquitectura actúa como un llamador, como un generador de divisas, que debe amortizar su costo funcionando como medio publicitario, y con la aceptación de todas estas reglas de juego, el arquitecto-artista se diluye en la imagen del arquitecto empresario. En la actualidad, si bajo el catecismo del marketing el mercado se convirtió en religión, este mismo mercado actúa como el opio de los arquitectos.

Posmodernismo, desconstructivismo, supermodernismo, son todos cambios que legitiman lo instaurado, revoluciones formales preocupadas por conservar la esencia de lo vacuo, donde "la racionalización es sólo un refugio en relación con la total irracionalidad de nuestro cosmos social" (Ferenc Fehér); con pieles que se mueven al costado de la historia, volúmenes que se intersectan ignorando sudores humanos, competencias deportivas con las alturas de los rascacielos, representaciones insípidas que no resuelven congojas, gestos populistas que prometen felicidad y esconden lo abyecto bajo la alfombra.

NICOLÁS FRATARELLI
Arquitecto

 

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